viernes, 23 de noviembre de 2012


Te doy mis ojos
y con ellos te regalo mis recuerdos,
que ya no los quiero
que ahora me duelen,
que me desgarran por dentro 
cual fiera domada
que ya está harta de su jaula.
Te doy mis ojos
repletos de días soleados
de noches nubladas 
de secretos no escritos
y de aquellos amores 
que todo eso vieron.
Te doy mis ojos
maquillados por el tiempo
adornados con sutiles ojeras
y camuflados por un guiño solitario.
Que ya no quiero ver más 
que ya he visto demasiado
que ya no me gusta lo que veo
y no me queda ya nada por ver. 
Te doy mis ojos 
y con ellos llévate mi futuro
llévate a mis hijas,
ellas ciegas también,
que no quiero que vean
de lo que ahora es éste mundo
que no quiero más que oigan 
que atiendan y aprendan
escuchando nomás que poemas 
que hablen de sentimientos ciegos,
que ciegamente hagan sentir
los colores vivos
el arte sobre el lienzo
y la que fue tu belleza ciega. 

-Ana Fernández

domingo, 4 de noviembre de 2012

Las batallas internas del propio infierno.

Escribo aquí y ahora porque dudo de mi suerte; quién me dice que podré yo mañana volver a escribir. Nunca sabrá nadie cuando llega su hora, mas todos conocen las cosas que dejaron para más tarde hacer. Palabras nunca dichas, lugares nunca vistos. No permitiré que tal desdicha caiga sobre mí. Cojo la pluma con tanta fuerza que mis dedos, congelados y de un color morado debido a ese fuego que ya no quiere arder, se quejan en silencio. Pero es que tengo miedo de eso que habita en mi cabeza, de esto que nadie más que mis ojos consiguen ver. Aprieto su punta contra el papel casi hasta grabar la historia en la memoria de este escritorio. Y es que grande es el esfuerzo que tengo que hacer para no salir huyendo de esta silla que, a la vez, se esfuerza por atraparme. En un momento recuerdo respirar, aflojo y me suelto:
No llego a recordar cuántos meses han pasado, rozándome rápidos y sin ningún sentido, desde éste día fatal que me atormenta todas las noches bajo sábanas. Mis miradas dicen que hará más de un año, mi mente, pobre, que sólo quiere olvidar, insiste en que nunca ha pasado.  Más me fío del calendario, que me descubre que el día del que hablo fue el simple ayer. Pues, fue ayer que me levanté y sin bocado en boca me dispuse andar y a andar fui.  Sin darme cuenta ya estaba mil calles más allá de en la que se encuentra mi hogar. lejos del barrio en el que he crecido, sin caras conocidas a las que escupir un falso buenos días, me sentí perdido. Quise sentarme en un banco y en un banco me senté, aunque no fue en el primero que encontré. La noche había estado llorando y, aún, la mañana no había tenido tiempo de secar las ciudades. Me encontré conmigo sobre el frío mármol, con las manos llenando los bolsillos vacíos de dinero y vistiendo unos zapatos desgastados, casi deshechos, del paso de los años, que a nada perdonan. Y entonces, me sentí solo, aunque no en soledad. No sé si entienden. La soledad es un primer personaje en el teatro de la vida; si no viniese ella, iríamos nosotros a buscarla. No existe día en el que no haya momento en el que no queramos compañía. Pero estar solo es diferente. Sentirte solo puede ser que sea el peor de todos los sentimientos, puede ser que sea lo más agrio y asqueroso que el ser humano tiene que sentir. No imagino a mis fuerzas pudiendo soportar peor sensación. Estar solo; que nadie comprenda, que tus miradas no digan nada a nadie, que tus palabras ni alegren ni duelan, que nadie entienda. ¿Habrá cosa más mala que esa?
Dejándome llevar por demás pasados, oscuros sentimientos, tuve la sensación de caer y aun no siendo cómodo, no moví un dedo por escapar. Me rendí antes de luchar. Sería mi sentir, mi pasado, mi interior, contra mí mismo en el exterior. De una forma u otra ya sabía el final de la película: gane quien gane soy yo el perdedor. Así pues,  me  dejé caer y aproveché los últimos momentos de paz que mi subconsciente me regalaba. Disfruté de la ligereza de mi cuerpo, supuse como de bonito se vería desde fuera mi cabello, jugueteando con el viento. Dejé que mi imaginación volara tan alto como de bajo estaba yo cayendo. Unos instantes me permití, incluso, susurrar la canción que hizo de mi vida algo más llevadero y ligero de cargar. La misma canción que me ha dado fuerzas para escribir, aquí y ahora.
Y entonces caí. Toqué el fondo que confirmó que estaba vivo, todavía. Chocó mi espalda contra el suelo y acto seguido, un dolor cortante y frío, como si de mil cristalitos se trataran. Éste me obligó a abrir los ojos y ahí, sólo entonces, deseé haber muerto. Había caído en el infierno. Y pese a que siempre hablaron de él y su característico calor, no pude más que sentir frío. Se me helaron las pestañas y en mis congeladas manos llegué a ver reflejados mis ojos, que por primera vez hablaron, en apenas un murmullo, desprendiéndose de sus últimas palabras: "Nunca fue tu culpa, excepto cuando tú quisiste que lo fuera".
Después, todo giraba. No puedo asegurar si era yo quien daba las vueltas, o era aquel sitio quien me columpiaba. Millones de luces parpadeaban a mi alrededor, prestando color al blanco frío. Bocanadas de aire transportaban aquellos cristales, abriendo el paso, marcando heridas. Yo en medio y todo demasiado rápido... Pero apareció el ruido y calló a los vientos, durmió a las luces y a la velocidad consiguió frenar. Se apagó entonces todo el alrededor, dando leve descanso a mis pupilas dilatadas. Sólo necesité sesenta segundos más para comprender: el infierno comenzaba ahí. Con la oscuridad vino la nostalgia, la pena y la falta. Se me cayeron sobre los hombros todo lo que en un ayer menosprecié y aquello que dejé ir. Se aparecieron los momentos que nunca he vuelto a vivir, vinieron a mi mente las caras de personas con las que
no supe aprovechar. Recordé, sin quererlo, sonrisas que no obtuvieron respuesta, miradas de desilusión y perdones que jamás fueron aceptados. Si antes el frío había conseguido congelar el corazón de mi pecho, ahora éste ardía a mil grados.

     El sol brilla ofreciéndonos sus últimos rayos del día. Parece que juega con nosotros, escondiéndose entre nubes blancas y amarillentas. Mientras él se va, jugamos nosotros con el humo de nuestros cigarros, intentado adornar la puesta con perfectos aros. Disfrutamos de cada calada tanto como disfrutamos respirar. Sabemos que eso nos mata, pero también sabemos que moriríamos igual por salvar a quien tenemos al lado.

¿Era eso un flashblack?

     Siento que voy a explotar. Me recuesto sobre el sofá y dedico una mirada rápida a la caja de cereales vacía al lado del tazón azul, el que me siempre me recuerda a las noches en las que mamá me mojaba las galletas en leche. Más atrás asoma el plato lleno de migas de pan, provenientes de las tostadas que, también, cené. Al lado, el plástico que envolvía las galletas de chocolate. No llego a ver dentro de la bolsa de magdalenas, pero apuesto a que no queda ninguna. Sin saber de donde saco la fuerza de voluntad corro al baño y vomito. Veo mis dedos manchados, mi cabello goteando, siento mi garganta sangrar. Tiro de la cisterna, y vuelvo a empezar. 

Ese era su plan. Hacerme recordar hasta que la locura me matara. La fuerza con la que mi sangre recorre mis venas me hace temblar, la ira vuelca mi estómago, se escapa la rabia en un suspiro y ésta, libre, adopta la forma de una mujer unos pasos más allá. Cabellos rubios, tan rubios, y tersa piel. Su carita era tan pálida y sus ojos, tan claros. ¡Ahh, ese vestido! Hecho con trocitos de hielo, ceñido a su figura, haciéndole brillas más, si cabía posibilidad. Era esa mujer la fuerza de mi coraje, la ira de mi ausente voluntad, la rabia provocada por mi mal perder, la cobardía que me hacía perdedor. Era la frialdad, la antipatía,   la bordería, la indiferencia que pudieron reinar sobre mí hacía un corto tiempo, era todo ese malestar que días atrás causé. Y la vi venir, rápida y nada vacilante, con sus ojos entrecerrados y su cabello casi blanquecino creando ondas sencillas entre vientos. Ella se acercaba, enseñándome sus finos colmillos por primera vez,  emitiendo un ensordecedor gruñido. Y yo, ahí, parado, atrapado por su belleza, viéndola venir, asustado. Si me cogía, iba a morir; mi cabeza rodaría por aquel infierno, mi corazón se lo comería, mis pulmones los estrujaría hasta que estos no supieran del oxígeno. Yo no parpadeaba, puede que se me olvidara cómo respirar. Yo sólo miraba lo perfectos y ligeros que eran sus pasos hacia mí. Sus pies, desnudos, parecían volar a altísima velocidad; no tocaban el suelo, no conocían gravedad.
Fue su tacto lo que me hizo reaccionar. Ya posadas sus manos sobre mi cuello, tan heladas como la nieve de Enero, como un corazón solitario el catorce de Febrero, despertaron a mi alma encandilada. En un último movimiento pude ver, de nuevo, sus afilados dientes queriéndome morder, sus largas uñas queriendo abrir mi piel. Su traje, deslumbrante, cegándome. Pero pude con ella, sorprendiéndola, abrazando su figura, acariciando su cintura, tumbándola en mi pecho que todavía ardía. Retumbaban en mis venas el amor, la lujuria, la alegría, las cosquillas de una primera vez. Se veían reflejadas en mi mirada la curiosidad que a mil sabios gatos mató, las ganas, de vivir, de ganar. Se reflejaba la confianza, la complicidad y con ellas bailaba el respeto. Abrazada tenía a aquella mujer de mis peores pesadillas, a los ojos la miraba, una mano suya tenía entrelazada. Era ella el puro odio, y yo la amé: acaricié sus mejillas, resbalé por sus comisuras, rocé sus labios y en el beso se fundió. El hielo del vestido se derritió, en sus claros ojos ahora ardían llamas de varios metros de altura. Sus cabellos, tan rubios, se hicieron negros de carbón. Abrazada tenía ahora a una mujer hecha de polvo, de ceniza que después voló. Había sido ella el mismo infierno.
Y una gota de lluvia resbaló por mi cara. Otras sólo mojaban mi abrigo. Desperté en el mismo banco del que me había caído. A mil calles de mi barrio,  ganada mi propia batalla, tuve las ganas que nunca había tenido de volver al hogar y, al fin, escribir con la tan buscada libertad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Madre.


Hoy el cielo se despertó vestido de rojo. Un rojo pasión, tal como los labios de una mujer que en otras circunstancias te habría hecho enloquecer, un rojo como el que se atreven a llevar esos vestidos diseñados para dejar huella.
El tiempo es egoísta y nunca correrá a tu favor, pero creo que, hoy, ha hecho una excepción conmigo, haciendo cambiar el rojo sangre a un naranja mucho menos intenso. Sabrás de que naranja hablo si alguna vez has visto a un niño lamer un chupachup, si te fijaste alguna vez en el pintalabios que tu madre utilizaba cuando quería ir guapa, pero le daba miedo destacar.
Tan impresionante me pareció el cambio, que me di el gusto de parar y, simplemente, mirar. Miré durante minutos, aunque mi mente voló durante horas; contemplé como nubes blancas tenían el descaro de imitar aquel color, teníales envidia, pues no me importaría poder vestir así algún día: con colores de libertad y anunciando nuevas noticias.
De nuevo quiso el cielo sorprender y, quitándose el traje naranja, se puso un abrigo de un amarillo de tanta intensidad, deslumbrando a tal nivel, que muy a mi pesar, tuve que cerrar los ojos un instante. Al abrirlos de nuevo, no me esperaba menos de lo que veía. Las penas casi ni se apreciaban, no había sombra en la que poderse cobijar:  el sol salía y se estaba haciendo de notar. Los pájaros dejaron de cantar y no sería por otra cosa que por también quedarse a mirar. Jamás había podido ver nadie tal amarillo como aquel.
Sorprendiendo aún más, debido a ansias de protagonismo y querer dejarse ver, volvieron las nubes, ahora con más personalidad, despojándose de las luces para volverse grises, cada vez de una gama más oscura, de tal manera que terminaron por ser negras. Un negro sólo característico de los sueños nunca recordados, de los días de pena. Vino de acompañante la lluvia, tan fría, delicada y fina como por aquí suele ser. Vino y llamó a los charcos, a los niños chapoteando, a los caracoles los mandó a pasear y, regando las raíces de los árboles más ancianos, estos aprovecharon el viento para susurrar un gracias con las ramas más pequeñas.
El sol, sus luces y sus últimas fuerzas de la mañana hicieron un amago de presencia, y por consecuencia apareció un arcoiris, haciendo resumen de estos colores que pocos pudimos llegar a contemplar. Quedándose allí, y casi sin pensarlo, hizo del diluvio una lluvia más bonita, más sentida.
Y ojalá nunca hubiese yo bajado la vista de ese que era nuestro techo entonces, pues lo que a vi a mis alrededores, lo odié.  Y es que allí no había nadie. Sintiéndome afortunada por haber sido la única privilegiada en ver aquello, me fui a casa sintiéndome también triste y desdichada; no paré de pensar en las personas de la que es hecha ahora esta sociedad. Nadie mira ya al cielo, nadie admira ya lo fuerte que es la naturaleza. Tampoco creo que nadie tenga idea de lo insignificantes que somos, de lo pequeños que nos deberíamos sentir.
Nadie disfruta ya con nada; nada se puede hacer ya con nadie. 

lunes, 15 de octubre de 2012

Te pienso
y no me importa pensarte,
pienso en tus labios,
los besos que regalan, 
en las palabras que callan,
pienso en tu cabello
cubriendo los oídos que no quieren oír,
alumbrando una carita que quiere lucir,
pienso en tu espalda
con veinte mil y una puñaladas,
pienso en tus ojos
buscando otra mirada,
y no me importa pensarte;
de vez en cuando
también voy a soñarte.

domingo, 7 de octubre de 2012

Ni de tu sombra.

Llegará ella cuando nadie ya la espere y todos hayan caído en desesperación. Conoce a la gente a la que mantiene, conoce cómo mantenerla y cómo éstos se dejan mantener. Se asomará poco a poco, nunca se sabe si entre risas o llantos. Sólo se sabe, que nunca viene sola. Nada se sabe de con quién vendrá.
Llega despacio, tan lento que desesperaría al más paciente. No tiene ninguna prisa, no tiene ningún miedo a que no se le espere. Sabe que es demasiado necesaria y por eso no corre, por eso no acelera; quiere hacerse de rogar.
Llegó con los ojos en silencio y el toc toc de sus talones al pisar. Paso a paso, se sabía que se iba acercando más, pero si la mirabas, ¡parecía estar en el mismo lugar! Ella comprende que puede hervir sangres, a los pelos los consigue erizar, pero, fíjate, lo poco que le importa, que incluso, entre paso y paso, llegó a sonreír. Sonrió, y dicen que toda sonrisa es bonita, pero puedo jugarme la vida a que aquella era una sonrisa con maldad. Se escuchaban susurros y vocecillas que prevenían lo que podría pasar. Enormes carteles gritaban lo que iba a suceder, miles de palabras volaban en el aire y tú ya habías vivido ésta situación.
-Te lo dije. -Y aquí el silencio se terminó. A manos de un alma, de un casi fantasma, de algo de la imaginación. El silencio acabó muerto, y fue el caos quien ganó.
-Te lo dijeron. -Repitió. Echaban sus palabras arena sobre la tumba del silencio y a cada palada la tranquilidad sangraba más. La tranquilidad acabó espantada, y fue la indecisión quien ganó.
-Te lo dijiste. -Gritó en a penas un murmullo. A voces susurraban los actores de segunda plana; ninguno de ellos pondría la mano en fuego si ésto no lo hubiesen visto. Yo misma acabé muerta, enterrada, sepultada, a manos de, ¡ah, qué sabría yo!, de quien yo pude llegar a ser.

sábado, 8 de septiembre de 2012

La plata ennegrecida.

No te lo crees hasta que te rompe la nariz del golpe. La verdad siempre llega y nunca termina de ser bienvenida. Creíamos no tener verdad al creer carecer de mentiras. Pero a ti y a mí nunca nos ha faltado nada, excepto las ganas. Es posible que me esté equivocando al hablar en plural; ahora mismo dudo de tener compañía en ésta carrera. Por si acaso, sigo corriendo, aunque a un ritmo muy inferior. Muchas perlas resultan ser falsificadas, como la plata acaba siendo negra. A pesar de los defectos, sigue saliendo caro.
Siento si no está satisfecho con su trueque; tengo entendido que esperaba un collar de perlas color inmaculado. Perdone, pero yo siempre he sido barata quise ser sencilla. Inmaculada es para mí la espuma de la cerveza y lo era la hoja en blanca que se dejó escribir por mí. Muchos renglones para excusarme he desperdiciado ya.
Si en la oscuridad haces brillas luz fuerte y chiquitita, con un dedo encima puedes ver tu interior. Tal sencillez como ésta me hizo pensar en nosotros. Siempre a tientas intentado observarnos desde fuera. Falta lo que nos alumbre. Un año después estamos cayendo en la desesperación y la impaciencia de saber qué es lo que nos hará brillar. No sé qué esperar si dos trajes en llamas no nos bastaron.
Nadie quiso la ignorancia pero la hubo, nadie pidió ayuda pero nosotros la queríamos, mientras la oscuridad nos mordía y a cada mordisco éramos más parte de ella, éramos nada.
Me vendo a más precio de lo que valgo. Creo que te sientes timado, algo decepcionado por esos escritores que no saben escribir y esas perlas que no saben lucir. Todo lo que hago lo hago sin querer. 
No te ruego que vengas, nunca te susurraré un ven; te pediré que te dejes llevar. Jamás por la ansiedad, el egoísmo o el poder, sino por el querer y el oleaje.
¿Qué, o quién, será nuestro faro?

sábado, 25 de agosto de 2012

Every you - every me.


Doy por supuesto tantísimas veces tantísimas cosas que mis ilusiones ya me odian. Las he roto todas una vez tras otra, cada día de todos los años de mi vida. He oído demasiadas veces sí cuando todos escucharon no. Demasiadas ocasiones han sido en las que he estado dispuesta a derramar sangre cuando nadie la quería. Nunca he pedido piedad y si ahora gritara nadie me iba a escuchar. Es como estar solo lejos de casa, solo rodeado siempre de gente, solo porque esa gente no comprende. Ellos decían ser amigos y no son más que los autores de tus mayores fantasías. De esas que nosotros conocemos; de las que, de nuevo al caer la noche, se vuelven mentira. Y es entonces cuando vuelves a Placebo, a Nirvana y a aquellos que ya tenían dos capas de polvo en el fondo de la estantería. Brian Molko nunca me dolió.



He de decir que amigo no es sinónimo de compañero.

viernes, 24 de agosto de 2012

¿Qué te apetece cenar?


Nos empeñamos en hacernos con objetos que nos recuerden al momento que vivimos sin darnos cuenta siquiera en si lo disfrutamos o no. Podemos conseguir que el más mínimo cuerpo material represente la base elemental de nuestra existencia. Quizás sea nuestro miedo a olvidar, a confundir cuáles son nuestros principios y cuáles son los del vecino, quién fue nuestra vez y de quiénes fuimos nosotros. Tenemos el privilegio de poder elegir en qué etapa de nuestra vida fuimos más felices y cuál la disfrutamos más. Esa etapa y esos principios, los materializamos y los ponemos en lo más alto de la estantería más alta, donde cualquier invitado que hayas dejado pasar sólo por compromiso pueda ver y admirar lo que es un pedacito de tu alma. El problema es que una vez sabido y obtenido lo que queríamos, vamos a creer ver otra cosa mejor. A los párvulos ésto se les atribuye como caprichos. A los adolescentes, como hormonas, a las embarazadas, como antojos. Pero, una vez nombrado nuestro problema, ¿qué solución escogemos? 
Escojamos cual escojamos, lo siento, pero siempre encontraremos otra mejor.

jueves, 23 de agosto de 2012

Putting holes in happiness.

Hace mucho que dejé olvidado aquello que solía llamar alma. Creo que aquel abandono fue debido a que, aquello que suelo llamar cerebro, cayó enamorado.
Unos días atrás conocí a alguien que creí ya conocido. Éste, en dos segundos me mostró el mismo mundo en el que mi alma andaba metida la última vez que la vi. Ahora, en esa especie de fantasía merodeaba alma ajena.
Supuse que lo que estaba sintiendo entonces eran celos e incluso egoísmo. Al caer la noche comprendí que no era más que envidia. Escuchaba a mi alma reírse de mí. Ya sabes, siempre caes rendido a los pies de aquel que es tal y como a ti te encantaría ser.
Tuve miedo a las pesadillas y esa noche no dormí.
Hoy, varias noches después, he querido volver a saber de mi alma. No es que la eche de menos, no me hacía nada bueno, pero estoy asustada. 
Alguien me dijo una vez que algunas personas tienden a sentirse culpables de lo que sienten. Me creía de esas hasta que la culpé a ella. Si hoy estoy asustada es porque no sé lo que siento. ¿Es posible tener miedo al miedo?
No me contesta, no me dice nada. ¿También le asusta? 
A veces llora durante pocos segundos para más tarde volver al silencio. Parace eterno. No lo entiendo.

Tengo que pensar, y no hablar.


viernes, 3 de agosto de 2012

All nightmare long.

Alguien te dirige en un camino pedregoso. Se te van llenando las zapatillas nuevas de la arena amarilla que en éste abunda. No miras a tu acompañante, te dejas guiar por el sonido de sus suelas al pisar. Va lento, algo característico de él y lo sabes. ¿Dónde vais? ¿Por qué? Fantaseas con posibilidades remotas y fantásticas. Los sueños del más soñoliento se quedan en nada si fueran comparados con tus fantasías momentáneas. Sigues el ritmo de quien te guía pero te cuesta. Quieres correr por el camino, llegar a su final y ver qué es lo que te espera, lo que lleváis buscando desde que salisteis de casa. Con la cabeza cabizbaja y la mirada plantada en tus pies observas como la arena amarillenta va desapareciendo. Notas como las piedras ya no se clavan en las suelas de tus zapatillas recién compradas. Y es entonces la primera vez que alzas la mirada y tus sueños del camino crujen como cristales al romperse contra el suelo. Delante de tus narices te hace cara un puente colgante sin camino de tablones por el que pasar. ¿Qué es lo que quiere el guía? "Daremos la vuelta" intentas convencerte. Y no. Sabes que vas a tener que pasar, como pasaste hace dos años. Te van a obligar bajo la frase no estás obligada a nada y te van a presionar con la frase todos confiamos en ti porque sabemos que puedes. Con cierto odio miras a quien te trajo hasta aquí. En un instante de apenas medio segundo el odio desaparece para dejar sitio a la confusión. Reconoces al muchacho al que le has entregado tu vida en mano, al que cediste la confianza plena y quien sabe que tiene tu corazón. Tu mirada te dice que tienes que volver a cruzar el puente y te inunda la pena. Todos ellos pueden confiar en ti pero tú sabes que no puedes. Es por aquel muchacho por el que vives y por el que vas a poner la mano en la primera cuerda que sujeta el puente. Pones ahora la izquierda y de un salto posas las sucias zapatillas en la tercera y la cuarta cuerda. Alzas la cabeza, no por orgullo y para dar ánimos, sino para ver qué es lo que mueve las sogas de las que depende ahora tu vida. ¿Qué cojones las hace vibrar de tal forma? Se retuercen en tus manos hasta quemarte. Y es entre el dolor cuando la ves: la hipocresía ha vuelto para ver quién puede más. No le dices nada por no ofenderle, dejando las yagas de tus manos crecer y a las ampollas nacer. Escuchas a la muchacha del final con las piernas desnudas y el vientre plano reír. La miras con odio, pues ella tiene guantes y sus manos no arden. No vuelves la vista hacia tu guía antes de empezar a andar por las cuerdas. Pensando en el sinónimo de esfuerzo. ¿Cuál, cuál es el sinónimo de esfuerzo? Una palabra que represente esfuerzo. Aquel esfuerzo que tú estás haciendo ahora mismo. Piensa, ¿cuál?
Casi vas por la mitad cuando ya no sientes las palmas y la goma de los zapatos ha sido gastada. Ni gritas, ni lloras, ni te quejas. Mantienes los labios apretados, los ojos entrecerrados y los dientes te chirrian. ¡Esfuerzo! ¡Una palabra que recuerde a esfuerzo! ¿Cuál es el sinónimo de esfuerzo? Las cuerdas no se pueden mover más. Resbalas de un pie, resbalas de otro. Crees que caes hasta que tu propia fuerza de voluntad te sorprende y tus brazos ayudan a volver a posar tus pies ahora desnudos sobre las cuerdas de abajo. Oyes a las sogas romperse, como si te quisieran decir algo. Deprisa. Pero, ¿qué palabra te hace recordar al esfuerzo? 
Y entonces llegas al final. La hipocresía se va y a ti no te interesa dónde. Gateas por el nuevo suelo de nuevo arenoso luchando por bloquear el paso a tus lágrimas. ¿Qué acaba de pasar? No te giras a ver el puente, no quieres oler sus cuerdas empapadas con tu sangre, no quieres más que irte a casa. ¿Cuál es la palabra? 
"Valentía". Estabas segura, era eso. Tenía que ser eso. Tú has sido valiente para hacer aquel esfuerzo. Pero el amor de tu vida te dice que no, sencillo, encogiéndose ligeramente de hombros. Pides un beso, un sólo beso, por favor. "Bésame". Pero el amor de tu vida te da dos palmadas en la espalda y apareces de nuevo en la entrada del puente. Es como si no hubieras hecho nada. Como si no hubieras pasado nada. Las lágrimas te ganan la batalla y, por venganza, caen en tus palmas para hacértelas escocer. Las manos aún sangran.